La gran oportunidad

Guggenheim Museum

This article has been published in Revista El Observador by Jesús María Flores Vila. The author gives his opinion about a controversial project in Málaga, a skyscraper of 135 ms in the port of Málaga.

EL Bilbao de finales de los ochenta y principio de los noventa era una ciudad desesperanzada, acosada por la reconversión industrial, el paro, el terrorismo y la heroína, una ruina tiznada por las últimas bocanadas de los Altos Hornos de Vizcaya. El panorama era tan lúgubre como la sopa inmunda que fluía por la Ría, pero todos los que conocemos Bilbao y a sus gentes sabemos que este pueblo es inmune al desaliento siempre y cuando no les falle una cosa, el “Athletic”.

Y el Athletic no falló. El alemán JuppHeynckes se había hecho con los mandos del equipo en la temporada 1992-93, tras una década infame, y el equipo empezaba a dar muestras de mejoría, logrando un 5º puesto en la campaña 1993-94, que le daba derecho a jugar la próxima Copa de la UEFA. La moral estaba alta y fue por aquella época que entre los bilbaínos se hizo popular un chiste:

“¿SABES Patxi que hemos fichado a uno que nos va a costar 30.000 millones de pesetas?”. A lo que el compañero exclamaba: “Ahí va la ostia, será vasco al menos? “No Patxi, no… Es norteamericano y judío pero mete los goles a pares”.

A estas alturas, y si saben un poco de fútbol, ya habrán deducido que el susodicho “crack” no podría haber marcado goles para el Athletic, por muy bueno que hubiese sido, pero si los marcó para la ciudad de Bilbao, tantos y durante tanto tiempo que su nombre ha quedado ligado a esta ciudad para siempre.

CUANDO en octubre de 1997 se inauguró el Museo Guggenheim, aún resonaban las feroces críticas que el proyecto, desde su génesis, había suscitado entre prácticamente todos los sectores y algunas Instituciones. Todas y cada una de ellas se diluyeron en el espacio-tiempo de manera inexplicable tras el abrumador e inesperado éxito que el edificio y el propio museo tuvieron a nivel mundial.

EL resto es historia, la historia de la creación arquitectónica que lideró, la más contundente y exitosa transformación urbanística que jamás ha conocido este país y me atrevo a decir que el mundo, que generó para la ciudad de Bilbao y para el País Vasco enormes e incontestables beneficios económicos y propició un lavado de imagen que a día de hoy sigue siendo objeto de estudio en universidades de todo el mundo.

AHORA quiero hablarles del Hotel Suites Málaga Port, ¿les suena? Es un proyecto que prevé la construcción de una torre de 135 metros de altura, la más alta de toda la provincia de Málaga, sobre la plataforma del Dique de Levante, entre la estación marítima de cruceros y el puerto deportivo del Club Mediterráneo, que albergará 352 habitaciones, un centro de congresos, una zona comercial de artículos de lujo, un aparcamiento de 485 plazas, piscinas con agua de mar, spa y quizá un casino… Si bien, a primera vista, no acierten a ver la relación que este proyecto pueda tener con el Guggenheim, les aseguro que la hay, no por lo que es en la actualidad, sino por lo que puede llegar a ser.

MÁLAGA se encuentra en una coyuntura única y difícilmente repetible en la que confluyen los tres factores esenciales que todo gran proyecto emblemático requiere para su génesis, voluntad institucional y una justificación creíble, consenso político entre administraciones y un solar de titularidad pública único en su especie.

PARA su posterior desarrollo habría que añadir a la fórmula otro componente esencial, la financiación, pero el dinero resulta increíblemente fácil de conseguir si se dan los tres factores anteriormente mencionados.

HACE 20 años, una coyuntura extraordinaria como esta se dio en la ciudad de Bilbao. El Gobierno Vasco con el apoyo del Partido Socialista y la Diputación de Vizcaya tuvieron una visión, obtuvieron la financiación y valiéndose de una estrategia de marketing magistralmente diseñada y muy potente forzaron la materialización del proyecto.

NO se puede afirmar que la iniciativa gozase del respaldo popular, de hecho la oposición a la “lata de espárragos” fue prácticamente unánime desde el principio. La alianza institucional hizo oídos sordos a todas estas críticas, la ansiada regeneración no era una opción, era una prioridad, una cuestión de supervivencia. La “coartada” cultural serviría para implementar la bien planificada y potente estrategia a pesar de que en el ánimo inicial no estaba ilustrar a las masas bilbaínas, sino relanzar la ciudad en un momento crítico.

CON gran determinación y valentía se hizo la apuesta, “todo a una carta”…No había respaldo popular y eso implicaba que el fracaso tendría consecuencias económicas y políticas demoledoras. Había que transformar Bilbao a toda costa, su fisonomía, su imagen internacional pero sobre todo había que crear un nuevo motor económico, el del turismo.

180 millones de euros, más de la mitad del presupuesto de Cultura para ese año, harían posible su materialización, todo aportado por el Gobierno Vasco (La Fundación Guggenheim solo aportaría la marca). Las obras, por inaudito que resulte, se concluyeron en tiempo y forma.

VOLVAMOS a nuestra querida Málaga y al año 2017 y cabe preguntarnos si a día de hoy se podría acometer un proyecto de la envergadura del que nos ocupa al estilo Guggenheim, con políticos e instituciones tirando por la calle de en medio y obviando el consenso social. La respuesta es rotundamente no.

ES en este punto de mi disertación donde se acaban los paralelismos entre ambos proyectos y se empiezan a poner de manifiesto las diferencias.

LOS catalizadores son esenciales en las reacciones químicas, las aceleran o las retardan y en muchos casos las impiden si no son incorporados. En la actualidad el respaldo social entraría en la categoría de estos últimos, quizás el único de los catalizadores que puede invalidar, por sí mismo, la materialización de un proyecto.

LAS redes sociales y su capacidad fiscalizadora, su inmensa difusión e influencia, han jugado un papel fundamental en esta transformación y han llevado a las administraciones a “claudicar” ante la ciudadanía, por decirlo de alguna manera. La opinión pública nunca había tenido tanto poder y preconiza que los gobiernos no deben hacer apuestas de desarrollo que conlleven un riesgo, y que por el contrario, deben centrarse en atender las necesidades sociales del día a día, y gestionar en base a un concepto de concurrencia en ocasiones mal entendido.

TODA gran iniciativa institucional, por tanto, requiere a día de hoy respaldo social y para eso hay que convencer, cautivar y hacer política en el sentido más “yankee” de la palabra, ya me entienden.

EL museo Guggenheim fue impuesto, no se tuvo en cuenta a la opinión pública, pero a pesar de ello no solo acabo convenciendo, enamorando y acallando a todos sus detractores, sino que a día de hoy es el icono que identifica a Bilbao en el mundo entero. A muchos les costará admitirlo pero yo no albergo ninguna duda de que fue Frank Gehry, y su extraordinario proyecto lo que hizo posible el milagro. Es más, diría que la creación eclipsó al creador casi desde el principio. Todo el mundo identifica la obra, pocos a su autor. Con esto vengo a decir que, contrariamente de lo que se piensa, no es la contratación de un arquitecto estrella lo que garantiza el éxito de una empresa de este calibre, es la creación de un edificio excepcional, provenga de quien provenga. Muchos discreparéis argumentando que Gehry es el “starArchitect” por excelencia, y no os falta razón, pero no lo era a principio de los noventa. En 1989, con 62 años, fue galardonado con el Premio Pritzker (el Nobel de la arquitectura) en reconocimiento a su larga trayectoria y a sus novedosas a la par que controvertidas propuestas previas. No obstante no era un arquitecto famoso y tampoco era del agrado de los vascos. Fue la Fundación Guggenheim la que lo acabó imponiendo, cautivada por su fascinante propuesta.

BILBAO, Sydney o incluso Barcelona son claros ejemplos de las virtudes e innumerables ventajas que la construcción de un edificio singular puede llegar a aportarle a una ciudad como Málaga y como arquitecto estoy plenamente convencido de ello.

CREO además que una actuación en altura y rotunda en el muelle de levante, que a la vez fuese respetuosa con el entorno y dialogase con la ciudad no originaria un impacto visual negativo. El uso previsto para dicha actuación no podría ser, bajo ningún concepto, excluyente y su integración en la trama urbana ha de ser total. Imagino un edificio que refleje el espíritu y la identidad de la ciudad, icono y emblema de la Málaga del siglo XXI.

EL Hotel Suites Málaga Port no es nada de eso. El macro proyecto avalado por la Junta y el Ayuntamiento, que aterriza de la mano de un grupo inversor catarí y que lleva la firma del “StarArchitect” local, el omnipresente JoséSeguí, no convence, a pesar del artificio, las infografías hiperrealistas y el marketing. Y el problema no es solo que no guste a la ciudadanía, es que no le gusta prácticamente a nadie.

LOS diferentes agentes sociales y la prensa hablan de una operación especulativa encubierta, de impacto ambiental y visual y no les falta razón. Hasta los arquitectos y su órgano colegial manifiestan su rechazo en forma de argumentos difícilmente comprensibles para el común de los mortales, pero indudablemente serios.

YO personalmente pienso que se nos ha faltado al respeto desde las instituciones y se ha insultado a la ciudad de Málaga. El Hotel Suites Málaga Port, no es un hotel, es un burdo intento de colarnos un infame sucedáneo retro de casino-hotel estilo las Vegas a las puertas de la ciudad. Un atentado contra el buen gusto, un mediocre y desapasionado proyecto que enmascara una oscura y perversa operación especulativa. Un edificio exclusivo y excluyente, que vale igual para Málaga que para Macao y concebido para el uso y disfrute de unos pocos a los que nuestra ciudad les importa un carajo.

A Málaga se le presenta una oportunidad única de hacer historia y construir futuro en el muelle de levante. No la desaprovechemos.

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